martes, 7 de julio de 2015

Sarriá

Dentro de la casa olía a libros viejos, café y ropa limpia. Los desconchones que salpicaban el papel pintado y la porcelana del lavabo parecían producto de un esmerado efecto vintage. Dentro del caos todo fluía de forma casi mística. Una atmósfera sepulcral en la que no cabían gritos o taconeos. Bultos cubiertos por sábanas de franela se agazapaban a los lados de la estancia. Aguardaban atentos a su aparición estelar como actores secundarios de un guión inacabado. Excepto por la evidencia de los olores cotidianos, nada haría imaginar un atisbo de vida en su interior. Resultaba evidente que no había lugar a visitas en aquella casa. Las vitrinas repletas de miscelánea bohemia y juegos de té no dejaban lugar a ninguna duda. Las cortinas roídas arrastraban a ambos lados del tragaluz. Retratos y paisajes campestres asistían expectantes a un misterio que ellos mismos encerraban. El polvo suspendido en el aire dibujaba un cosmos completo al final del pasillo. El ambiente invitaba a buscar un hueco entre las colillas del cenicero. Ninguna de ellas tenía marcas de carmín y todas estaban apuradas hasta la boquilla. Una caja de cerillas gran reserva permanecía intacta en la repisa de la chimenea. Al levantarla dejó un rectángulo perfecto en busca de la eternidad. La utilería del espacio parecía estudiada a conciencia. Emanaba una paz privada que comenzaba a desvanecerse. Volver hasta la puerta no podría rehacer la homeostasis cuántica del lugar. Participar de su esencia era una herejía imperdonable. Los aerosoles y aparatos de limpieza blasfemaban con su mera presencia. "Límpielo todo" repitió la patrona antes de irse. "No deje ni rastro de ese muertodehambre".
Y cerré por dentro.

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